" Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca del Verbo de la Vida — pues la Vida se ha manifestado, y nosotros la hemos visto, y damos testimonio, y os anunciamos la Vida eterna, que estaba junto al Padre, y que se nos ha manifestado—, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo" (1 Jn 1,1-4).
I Testigos de la Vida eterna, que se ha manifestado.
1. Estas palabras, con las que comienza la Primera Carta de S. Juan, las hacemos hoy nuestras los Obispos de las Diócesis de Andalucía, y os las decimos a vosotros, presbíteros y diáconos, religiosos y religiosas, y fieles cristianos de las Iglesias particulares que el Señor nos ha confiado en su nombre como pastores vuestros. Igualmente, os las decimos a los muchos que buscáis a Dios, y creéis que Dios no está cerca de vosotros. Y a quienes pensáis que Dios, exista o no exista, carece de interés para el hombre, porque lo que importan son otras cosas, y, sin embargo, pudiérais leer esta carta con curiosidad. Sí, también nosotros "hemos oído", "hemos visto con nuestros ojos", "y hemos tocado con nuestras manos" al Verbo de la Vida. También nosotros, como S. Juan, "os anunciamos la Vida eterna, que se ha manifestado". Y os la anunciamos porque en ella hemos encontrado para nuestras vidas el gozo pleno y la razón de una esperanza verdadera, y porque deseamos que también "vuestro gozo sea completo".
2. Afirmar que hemos encontrado, que hemos "visto" y "tocado" la
Vida es escandaloso. Lo es hoy, y lo ha sido siempre. Porque la experiencia humana
universal confirma lo que dice S. Juan en su Evangelio, que "a Dios nadie
le ha visto jamás"1. Y eso que la historia y las culturas están
tan marcadas por el deseo de Dios, que serían del todo incomprensibles
sin él. El anhelo de Dios, de verdad, de bien y de belleza, la búsqueda
de un amor que corresponda plenamente al corazón, y de una felicidad verdadera
y que permanezca en el tiempo, son de tal modo "la marca" de lo
humano, que constituyen al hombre como hombre.
Incluso en nuestro tiempo, que parece —al menos en la cultura "oficial"— ignorar
a Dios, y no interesarse por el hombre sino en la medida en que forma
parte de los procesos de producción o responde a los intereses del poder,
el deseo de Dios es, en realidad, el dato más determinante y decisivo
en la vida de los hombres. Para muchos esta afirmación resultará chocante.
Pero es verdadera. La búsqueda del sentido y de la felicidad es
para el hombre real, también hoy, el motor de la existencia. Y
la confusión
acerca del significado de la vida, la falta de verdad y de amor en las
propuestas culturales al uso, son la principal causa del sufrimiento
humano, y de la amarga
desesperanza que hace tan dura —hasta parecerles, a veces, insoportable— la
vida de muchas personas. Incluso las manifestaciones más cínicas
de la cultura contemporánea ponen de manifiesto, de un modo patético,
que el hombre pide a la vida mucho más que poder producir y consumir,
y que poder votar. Ni el bienestar material coincide con la felicidad,
ni una democracia puramente formal basta para que exista un pueblo de
hombres libres.
Sí, los hombres buscamos a Dios con todo lo que somos y hacemos,
aunque no seamos conscientes de ello.
3. Y, sin embargo, a pesar de esa
búsqueda, infatigable y con frecuencia
dolorosa, es verdad que "a Dios nadie le ha visto jamás".
Pero entonces, ¿cómo podía decir S. Juan, y cómo
podemos decir nosotros, que "hemos visto" y "tocado" "el
Verbo de la Vida", y que os lo anunciamos para que participéis
en esa Vida y en el gozo que esa Vida genera? ¿Dónde está el
Verbo de la Vida? ¿Cómo puede ser encontrado? "A Dios
nadie le ha visto jamás", es cierto. Pero en un momento de
la historia —un momento
radiante, único, que da sentido a todos los demás momentos,
que los rescata de su banalidad mortal—, ha sucedido algo nuevo.
Algo inaudito. S. Juan prosigue: "su Hijo único, que está en
el seno del Padre, Él nos lo ha dado a conocer"2. ¿Cómo? "El
Verbo se ha hecho carne, y ha puesto su morada entre nosotros"3.
En una carne como la nuestra, que recibió de la Virgen María, el
Hijo de Dios se ha implicado en nuestra historia para darnos la Vida, esto es,
para darse a nosotros y comunicarnos su Vida divina. En una carne como la nuestra,
ha gustado el abismo de la injusticia y de la traición, de la soledad
y de la muerte. Pero hasta eso ha servido para revelar el "amor más
fuerte que la muerte"4. Pues Jesucristo ha vencido en su carne al pecado
y a la muerte, y nos ha hecho partícipes de su Espíritu Santo,
y así nos ha revelado que "Dios es Amor"5, y nos ha hecho posible
acceder a ese Amor, verlo, tocarlo, vivir de Él. Al revelar a Dios
como Amor, y al comunicarnos ese Amor que es la Vida de Dios, el Hijo de
Dios nos
ha desvelado la verdad grande de nuestro destino como hombres, y la dignidad
de nuestro ser de hombres.
É
sta es la "Buena Noticia", éste es el Evangelio. Dios se ha
manifestado, se ha hecho visible, tangible. Y se ha manifestado como
amor infinito e incondicional por el hombre y por la vida del hombre. Dios,
el Misterio que
da consistencia a todas las cosas, ¡se ha revelado como amigo
de los hombres! ¡Dios
ama a los hombres, nos ama a cada uno de nosotros, tal y como somos,
con todo el peso de miseria y pecado que llevamos en nuestro corazón!
Como escribía
un autor cristiano antiguo, "el Invisible se ha hecho visible
para que los pecadores pudieran acercarse a Él. Nuestro Señor
no impidió a
la pecadora acercarse (...) porque todo el motivo por el que había
descendido de aquella altura a la que el hombre no alcanza, es para
que llegasen a Él
pequeños publicanos como Zaqueo; y toda la razón por
la que aquella Naturaleza que no puede ser aprehendida se había
revestido de un cuerpo, es para que pudiesen besar sus pies todos los
labios, como hizo la pecadora"6.
4. Pero no es sólo que Dios, en un gesto de condescendencia, haya querido "mostrarse" a unos hombres privilegiados, que tuvieron la suerte inmensa de estar con Él, y de comer con Él, y de vivir con Él en un momento de la historia, que ya pertenecería para siempre al pasado. Porque al comunicar el Espíritu Santo a los suyos, el Hijo de Dios se ha quedado para siempre entre nosotros, y sigue manifestándose y dándose a los hombres en la Iglesia, que es hoy "su cuerpo"7. En esta carne, en esta realidad humana que es la Iglesia, sigue siendo patente el poder de Dios que habita en ella. Ese poder de Dios hace que unos hombres y mujeres frágiles, y llenos de debilidades, puedan vivir en la verdad, con gozo y gratitud, y puedan formar un pueblo de hombres libres, de hermanos, en cuya vida se pone de manifiesto esa humanidad que sólo Dios puede realizar, pero que todo hombre desea. Dios se ha manifestado en Jesucristo, el Señor, que ha vencido en nuestra carne al pecado y a la muerte, y nos ha entregado su Espíritu Santo, para que en Él recuperemos nuestra condición original, para la que la vida nos ha sido dada: ser hijos de Dios, vivir en "la gloriosa libertad de los hijos de Dios"8, y heredar la Vida eterna. Por eso Jesucristo, resucitado y vivo para siempre, y contemporáneo de cada hombre y de cada mujer por su presencia en la Iglesia, es "el único nombre bajo el cielo que nos ha sido dado a los hombres para que podamos ser salvos"9. Él es "el Redentor del hombre, el centro del cosmos y de la historia"10, pues "todo ha sido creado por Él y para Él", y "todo tiene en Él su consistencia"11. Él es "el Camino, la Verdad y la Vida" de los hombres12. O como dice una visión del libro del Apocalípsis, poniendo estas palabras en boca de Jesús resucitado: "Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin: al que tenga sed, yo le daré gratis del manantial del agua de la vida"13.
5. Lo que precede no son
palabras retóricas, vacías. Sí,
nosotros "hemos oído", y "hemos visto con nuestros
ojos",
y "hemos tocado con nuestras manos" a Jesucristo, que sigue
vivo y comunicando la vida a quienes creen en Él. Sabemos
que vive, porque actúa
en la vida de los hombres. A lo largo de su historia, la Iglesia,
ese pueblo nacido de la fe y del Espíritu Santo que Cristo
da a los que creen, no ha dejado de generar innumerables hombres
y mujeres de todas las edades y condiciones
sociales, en quienes resplandece la verdad de la persona humana.
Son los santos, esa "muchedumbre inmensa, de toda raza, lengua,
pueblo y nación,
que nadie podría contar", de que habla el libro del Apocalipsis14.
Y no nos referimos sólo al pasado. Todos nosotros conocemos a muchas personas —familiares,
vecinos, compañeros, amigos nuestros—, en quienes la fe en Jesucristo
realiza el milagro de una humanidad que no son capaces de generar ni los esfuerzos
del hombre, ni el progreso de las ciencias, ni una mejor organización
de la sociedad. Jesucristo hace nacer una humanidad libre, capaz de afrontar
la realidad —la vida y la muerte, la familia, el trabajo, el sufrimiento,
la amistad, todo— con esa consistencia que todo hombre quiere para sí.
Una humanidad caracterizada por el reconocimiento de la dignidad sagrada de la
persona humana, y por el aprecio de la razón y de la libertad de cada
hombre y de cada mujer. Una humanidad caracterizada por el afecto a cada persona,
y a la vida, y a todo lo que hay en ella, y por una misericordia, que son en
el mundo de hoy casi impensables. Cuando ese afecto no es sólo un impulso
sentimental momentáneo, sino que permanece en el tiempo y se convierte
en un modo de estar frente a la realidad, es un signo inequívoco de
la verdad.
Esas personas existen, y las conocemos. No son superhombres, ni
tienen cualidades especiales, sino que son personas normales y
corrientes,
débiles como
somos todos los hombres. Son personas de diferentes culturas, con
circunstancias muy diversas, con historias muy diferentes, de clases
sociales distintas, con
distintos niveles de educación, con diversos temperamentos
y gustos. Pero han encontrado a Jesucristo, le siguen, y ese hecho
ha cambiado sus vidas. Y
por eso, porque conocemos a esas personas, y porque somos testigos
de ese hecho, podemos decir con verdad que el cristianismo no es
una utopía, como las
ideologías que han producido el racionalismo y el idealismo
modernos. Esas ideologías siempre dejan al hombre sólo
y desesperado, porque no cumplen sus promesas, y siempre terminan
destruyendo al hombre.
6. El cristianismo no es una utopía,
sino un hecho verificable en la historia, accesible a todos, que
se da en la comunión de la Iglesia, y del que somos
testigos. Y por eso sabemos que la esperanza en Cristo "no
defrauda"15,
porque vemos las obras maravillosas que Jesucristo lleva a cabo
en la vida de los hombres. Por eso damos testimonio de Él,
en comunión con el
Papa, el sucesor de Pedro, y con toda la Iglesia Una, Santa, Católica
y Apostólica. Y por eso también, a las puertas del
tercer milenio de su manifestación al mundo, queremos proclamaros
con una frescura nueva la Buena Noticia, el Evangelio: Jesucristo
Redentor es, también hoy, también
para nosotros, hombres del final del siglo XX, la vida y la esperanza.
En Él
está —está realmente— la única
posibilidad de de una vida plena y de una esperanza verdadera para
todos los hombres.
Os anunciamos a Jesucristo, ciertamente, porque, como sucesores
de los Apóstoles,
somos herederos de la misión que ellos recibieron del
Señor: "Id
a todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación"16.
Pero, ante todo, os anunciamos a Jesucristo porque no podemos
callar lo "que
hemos visto y oído", que nos llena de alegría.
La vida que anhelamos, en verdad y en libertad, la vida para
la que está hecho nuestro
corazón de hombres, es posible, ¡se nos da! ¡Se
nos ofrece y se nos da realmente en Cristo! La existencia humana
no es un capricho de
la naturaleza absurdo y sin sentido, sino que tiene un significado,
y un significado
bueno. Y tiene una meta que puede alcanzarse, abriendo la vida
al don de Cristo.
7. La vida es, propiamente hablando, un don, y a la vez, una vocación, una llamada. Es decir, nace de Alguien que nos ha llamado a la vida, a cada uno por nuestro nombre, porque nos ama con un amor infinito: en realidad, si estamos vivos es porque esa mirada de amor con la que cada uno somos amados no se aparta de nosotros. Dios nos ha llamado a la vida para comunicarse a nosotros y así, si acogemos su amor, hacernos partícipes de la suya dichosa, inmortal y eterna. Sí, desde Cristo sabemos que el don de la vida es vocación a la Vida eterna. Y sabemos que reconocer ese don y esa vocación, y acoger el amor infinito del que nace, hace posible ya aquí, ya ahora, en cualquier situación de la vida, vivir en la verdad y en el amor. Vivir en la libertad, la paz y la alegría. La experiencia de que esto es verdad explica las palabras del apóstol S. Juan que hemos citado al comienzo de esta carta, y de las que hemos tomado nuestro título: "Os anunciamos la Vida eterna...para que vuestro gozo sea completo". Y esa misma experiencia es la razón de nuestra fe y de nuestro testimonio. Aunque el sufrimiento y la desesperanza parezcan llenar el mundo, Dios hace todo lo que hace para la vida y el gozo del hombre: para la vida y el gozo del hombre, Dios ha creado el mundo, y nos ha dado el ser. Y para nuestra vida y nuestro gozo, destruídos por el pecado, ha venido el Hijo de Dios a nuestra carne, y la ha unido a sí, con un amor esponsal, y la vivifica con su Espíritu Santo.
II
El gran Jubileo del año 2000.
8. Pronto hará dos mil años de la Encarnación del Verbo,
del nacimiento de Jesucristo, ese hecho imprevisto e inconmensurable que los
cristianos celebramos anualmente en la fiesta de Navidad. En realidad, lo celebramos
a lo largo de todo el año, y de toda la vida, porque incluso el misterio
pascual, y su presencia entre nosotros por la Palabra, los sacramentos y la comunión
de la Iglesia, no son sino la consecuencia de la Encarnación, y como su
prolongación en el espacio y en el tiempo. Toda la vida, toda la realidad,
está traspasada por el hecho de su gracia.
La Encarnación del Verbo es el acontecimiento más grande de la
historia, porque en él se desvela el sentido positivo de la vida humana,
de la historia misma y de la realidad entera. Como dice un texto de la liturgia,
por Jesucristo "resplandece ante el mundo el maravilloso intercambio que
nos salva: pues al revestirse tu Hijo de nuestra frágil condición,
no sólo confiere dignidad eterna a la naturaleza humana, sino que por
esta unión admirable nos hace a nosotros eternos"17. El Jubileo del
año 2.000 es para todos los cristianos una gran fiesta, una inmensa celebración
de gozo. ¡Dos mil años desde que "se ha manifestado la bondad
de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres"!18
Con ocasión del gran Jubileo del año 2.000, os anunciamos, pues,
a Jesucristo como la posibilidad real de una gracia grande,
de un hecho bueno y gozoso para la vida. La gracia más grande, la fuente
de la mayor alegría.
S. Juan, en el pasaje citado al comienzo, decía: "Os
anunciamos la Vida eterna, que estaba junto al Padre, y
que se nos ha manifestado"19.
Sí, Jesucristo, el Verbo eterno del Padre, es la
Vida, es el Verbo de la Vida20, y por eso puede "dar
la Vida eterna" a los que creen en Él21.
9.
La Vida eterna no es sólo una realidad para después
de la muerte, aunque la fe cristiana incluye la certeza
de que la muerte no tiene el poder
de destruir la persona humana, creada por Dios a su imagen
y semejanza22, y destinada a participar para siempre de
su vida divina23, como incluye la esperanza en la
resurrección de la carne. La Vida eterna es ya una
participación
en la vida divina e inmortal en este mundo, en esta vida.
Es la vida en la verdad, en la libertad y en el amor de
que hablábamos más arriba, que hemos
conocido a través de innumerables testigos, y que
sólo tiene su
origen en Dios, porque el hombre no se la puede dar a sí mismo,
como pone de manifiesto la experiencia.
La Vida eterna se inicia en esa nueva relación con Dios que Él
ha establecido con nosotros por su Hijo Jesucristo. Esa relación, seguida
con fidelidad y sencillez, da un significado nuevo a lo que el hombre es y a
todo lo que hace, y cambia en el tiempo el corazón del hombre, ensanchándolo
y vivificándolo a la medida del Espíritu de Dios. El hombre empieza
como a despertar: su razón se abre más a la realidad y a su misterio,
y empieza a comprender mejor el significado de la vida y de las cosas. Adquiere
una conciencia positivamente crítica del mundo en que vive, y empieza
a crecer en libertad. Ya no depende de la suerte, o de las circunstancias, o
del afecto de los demás, o del halago del poder. Igualmente, empieza a
ser capaz de tener misericordia, consigo mismo y con todo, y a amar todas las
cosas. Por eso dice el Señor: "Esta es la vida eterna: que te conozcan
a tí, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo"24.
III Celebrar el jubileo en Andalucía.
10. El anuncio de Jesucristo llegó muy temprano a España, sin duda
ya en el siglo primero de nuestra era. Y uno de los lugares en que se implantó primero
fue la provincia romana Bética, que correspondía aproximadamente
a la Andalucía actual. Las raíces cristianas prendieron pronto
y hondo en la tierra andaluza, como testimonian los mártires de los que
tenemos noticia ya en los primeros siglos. Para aquellos hombres y mujeres Jesucristo
era un bien más precioso que la vida, porque la vida sin Jesucristo, después
de haberle conocido, no podría llamarse vida. También en las grandes
dificultades que el pueblo cristiano vivió durante el período islámico
hubo muchos mártires, algunos conocidos, gracias a los testimonios que
sus contemporáneos dejaron de su martirio, y otros muchos que sólo
Dios conoce. A pesar de ello, hacia la segunda mitad del siglo XII, la Iglesia
estuvo a punto de desaparecer en Andalucía, y las comunidades cristianas
que quedaban fueron en gran parte obligadas a emigrar hacia el norte. Luego,
tras la reconquista, y aunque los repobladores eran cristianos, puede hablarse
en Andalucía de una segunda evangelización, llevada a cabo sobre
todo por las órdenes mendicantes primero, y luego, ya en tiempos de la
Reforma, por la fecunda labor de la Compañía de Jesús y
del Carmelo. A comienzos de nuestro mismo siglo, en los años, también
durísimos, de las ideologías antireligiosas y los horrores de la
guerra civil, muchos hombres y mujeres, sacerdotes, religiosos y religiosas,
y fieles cristianos, adultos y jóvenes, han dado con su vida y con su
muerte un testimonio espléndido de amor a Dios y a sus hermanos.
Además de los mártires, son muchos los santos que, a lo largo
de los siglos, han nacido o vivido en esta tierra, han amado profundamente
a sus
hombres y han gastado su vida por ellos, anunciando
a Jesucristo, y ayudando a sus hermanos a vivir una vida más plena,
a través del trabajo
educativo o del ejercicio, tantas veces heróico,
de la caridad y de la misericordia. Están
también los numerosos santos misioneros, ya
que desde Andalucía, con una generosidad rebosante,
se extendió la
fe en Jesucristo al mundo, y especialmente a América,
en una de las obras más bellas y humanas que
ha conocido la Europa moderna. Y luego están
también los innumerables santos no conocidos,
no públicos, hombres
y mujeres que han vivido una vida grande y plena
de verdad y de amor en la familia y en el trabajo,
en la vida de cada día. Ellos son los que
han hecho ese pueblo resplandeciente de humanidad
que nos encontramos todavía hoy. Los
santos no pasan nunca en vano por la historia. Ciertamente
la historia cristiana de nuestro pueblo no está exenta
de sombras y pecados. Los mismos hombres y mujeres
que portaron el anuncio de la fe y la transmitieron
de generación
en generación, fueron muchas veces incoherentes,
torpes o perezosos, flaquezas que también
nosotros experimentamos en el presente. Especialmente
lamentamos ese fenómeno que se ha dado en
ocasiones, a lo largo sobre todo de la segunda mitad
de este milenio, de una manipulación ideológica
de la fe, cuando se ha dejado utilizar la fe en Jesucristo
contra otros hombres,
como si la fe o la Iglesia estuvieran al servicio
de los poderes del mundo, o de un orden social, o
de un sistema político humano. De igual modo,
las formas de vida y las instituciones de nuestra
Iglesia han necesitado en no pocas
ocasiones reformas que las hicieran instrumentos
más fieles de la misión
salvadora de Jesucristo. Pero a pesar de las debilidades
y pecados de los suyos, o mejor aún, contando
con ellas y a través de ellas, el Señor
se ha mantenido fiel y sigue realizando su obra entre
nosotros hasta el día
de hoy. Prueba de ello es que su Iglesia, atravesando
periodos más
luminosos o de mayor oscuridad, sigue hoy convocando
a los andaluces con el testimonio
convincente de una humanidad nueva que hace presente
a Cristo en medio del mundo, es decir, con el testimonio
de sus santos.
11. Se atribuyen con frecuencia las
características del pueblo andaluz
a la diversidad de culturas que han dejado su poso
en este pueblo. Y sin duda hay en ello una parte
de verdad. Pero la diversidad de culturas, por sí misma,
no da lugar automáticamente a una humanidad
mejor. Por eso hay que recordar también que
no pocos de los rasgos que constituyen lo mejor del
modo de ser andaluz, como su humanidad inmediata
y sencilla, su valoración de
la amistad y del afecto, su fina sensibilidad moral
ante el sufrimiento humano, y otros muchos, tienen
que ver con siglos de fe cristiana y con el testimonio
de los santos. Por eso, la fisonomía de Andalucía
está configurada
por la fe cristiana, y no se puede definir nuestra
identidad andaluza de hoy sin referencia al hecho
más decisivo de su historia, que es el cristianismo.
Pretender arrancar a Jesucristo de la identidad de
nuestros pueblos, o reducir la fe cristiana a un
elemento más de esa identidad junto a otros,
o a un hecho del pasado, que permanece sólo
como residuo cultural, estético
o folklórico, es hacer una terrible injusticia
a la verdad histórica
y a la realidad presente de Andalucía. Es,
sobre todo, hacer un gravísimo
daño a los hombres y mujeres de Andalucía,
de profundas consecuencias para el futuro humano
de nuestra sociedad.
La celebración del gran Jubileo del año 2000 en Andalucía
no debe, con todo, limitarse a recordar o celebrar el pasado. La gracia que se
nos da mira al presente y al futuro. Se nos da para que la levadura de Cristo
en nuestras vidas fructifique hoy para el bien de nuestro pueblo. Para que sea
fermento de humanidad en las circunstancias actuales, ante los retos que tienen
que afrontar hoy las personas, las familias, y la sociedad entera. No se nos
ocultan en absoluto los cambios que ha conocido la sociedad andaluza en la segunda
mitad de nuestro siglo. Pero el desarrollo y el bienestar material conseguidos
por muchos no debieran ir acompañados de una cultura vacía de propuestas
verdaderas de sentido para la vida, porque la falta de una razón para
vivir adecuada a la verdad termina siempre generando violencia y conflictos
de todo tipo.
12. Tampoco se nos ocultan los hondos problemas
humanos y sociales que permanecen, algunos de
ellos muy graves.
El
Santo Padre
nos recordó los más
sobresalientes en la reciente visita ad limina que los obispos andaluces hicimos
el pasado mes de julio25. Hay entre nosotros amplias zonas de pobreza, como hay
un grave problema de desempleo y de paro, sobre todo juvenil. Duele que en muchas
zonas los jóvenes —incluso los mejor preparados— no tengan
un horizonte de trabajo estable y tengan que ir a buscarlo fuera de su tierra
y lejos de su familia. Conocemos las dificultades de muchos hombres del mar,
del campo y de la minería. En las zonas agrícolas, todavía
abundan entre nosotros los grandes latifundios, que favorecen una mentalidad
de siervos y no promueven un desarrollo accesible a todas las familias. La política
de subvenciones, que puede ser necesaria como un momento de transición,
contribuye todavía más a esta mentalidad, y favorece que muchos
hombres y mujeres no se sientan protagonistas de su propia historia. Al amparo
de la grave necesidad de empleo que tienen muchas personas, hay demasiados
contratos de trabajo inmorales e injustos.
Todo esto requiere políticas eficaces y duraderas de creación de
empleo; un aliento serio a la creación de empresas, y especialmente un
apoyo decidido a la pequeña y mediana empresa; y también una concepción
de la empresa y de la vida laboral que no tenga como único punto de mira
el beneficio y el enriquecimiento de unos pocos, sino el bien de las personas
y de las familias. En el mundo agrario son también necesarias reformas
profundas, hechas con un hondo sentido social y humano, que favorezcan la libertad
y la creatividad de las familias y de las sociedades intermedias26. Para ello
son precisas una generosidad y fortaleza grandes por parte de aquellas personas
o grupos que tienen la posibilidad de influir en la cultura del mundo del trabajo,
y por ello también una especial responsabilidad social. Es necesario también
que, desde todas las instancias, se propicien planteamientos valientes que despierten
en las personas la conciencia de la responsabilidad de todos en la construcción
del bien común, de una sociedad nueva y mejor; que estimulen el esfuerzo
de cada uno, la audacia y el espíritu de colaboración, tanto en
el seno de las comunidades educativas como en los espacios donde han de sumarse
los recursos para potenciar las iniciativas agrarias, comerciales e industriales,
y aquellas que han de contribuir a una adecuada orientación del ocio,
venciendo las dependencias alienantes.
Igualmente, nos preocupan las nuevas pobrezas
que se dan en el mundo de la inmigración
y de la marginación social, así como el sufrimiento de las mujeres
y de los niños maltratados o abandonados, y las vidas —a veces muy
jóvenes— destruídas por el alcohol, la prostitución
o la droga. Muchos de estos dramas son fruto de la soledad y la violencia con
que deja a las personas una cultura que ignora o censura la dimensión
religiosa y moral del hombre.
Por eso nos duelen, como duelen a muchos andaluces,
los ataques a la estabilidad del matrimonio y
la familia hechos desde
instancias o medios
de comunicación
públicos, las campañas abiertas en favor del aborto o la eutanasia,
y el aliento a la promiscuidad sexual de adolescentes y jóvenes, sin tener
en cuenta los criterios morales indispensables para su educación y su
crecimiento como personas. Las políticas antifamiliares son políticas
antisociales, que tienden a destruir la mayor riqueza de Andalucía: la
familia y la juventud. En el campo educativo, también, es preciso avanzar
en un reconocimiento más efectivo y cordial, por parte de la administración
pública, del derecho fundamental de los padres a educar religiosa y moralmente
a sus hijos, así como de la libertad de educación como un derecho
propio de la sociedad, y no como una concesión de la administración
pública. La atención a la Universidad y el esfuerzo porque no se
deteriore la idea de Universidad es otra tarea social de fundamental importancia
para el futuro de Andalucía. En efecto, la Universidad, como institución
libre en la que se cultiva el amor gratuito a la verdad y la libertad para buscarla,
es una de las creaciones más genuinas y ricas de la cultura cristiana
europea. En ambientes más proclives al totalitarismo, la Universidad tiende
a perder esa dimensión propiamente educativa de la persona, y a transformarse
sutilmente en una institución al servicio de los intereses del poder.
Para que nuestra sociedad sea más humana, y el progreso no sea sólo
aparente, es indispensable abrir paso cada vez
más a una aplicación
real del principio de subsidiariedad, en todos
los ámbitos de la vida.
La persona humana, en efecto, "no existe
sólo como productor y consumidor
de mercancías, o como objeto de la administración
del Estado (...) La conviviencia entre los hombres
no tiene como fin ni el mercado ni el Estado,
ya que posee en sí misma un valor singular
a cuyo servicio deben estar el Estado y el mercado"27.
Una sociedad de hombres conscientes y libres,
respetuosos de la conciencia y de la libertad
de cada persona, y de lo que el Papa ha llamado "la
subjetividad de la sociedad"28 es un bien
para todos, y por tanto, también para
un Estado que se sabe servidor del bien común.
13. Hablamos de estas cosas por responsabilidad
hacia los hombres que Cristo mismo nos ha confiado.
Somos
conscientes de que "el hombre es el camino
de la Iglesia", porque cada hombre ha sido
redimido por Cristo, y porque el misterio de
Cristo revela la verdadera identidad del hombre,
e ilumina el
significado último de su vida y de sus
acciones29. Por eso sabemos también,
como ha recordado Juan Pablo II, que "no
existe verdadera solución
para la ´cuestión socialª fuera
del evangelio", y que "las
cosas nuevas", es decir, las nuevas realidades
y situaciones de la historia, "pueden
hallar en el Evangelio su propio espacio de verdad
y el debido planteamiento moral"30.
El Jubileo del año 2000, al mismo tiempo que una celebración de
gratitud por las maravillas que Dios ha hecho y hace con nosotros, es una ocasión
para abrirnos de nuevo a la verdad de Cristo en su integridad, para experimentar
toda la fuerza de su poder redentor, y para proponerla a los hombres ante los
grandes desafíos de esta hora de la historia. Ése es el camino
de la nueva evangelización. Es la fidelidad a la verdad de Cristo, y a
la verdad del hombre que Cristo ha revelado, la que exige de todos los cristianos
un testimonio y un compromiso decidido en favor del hombre, de la vida, del valor
trascendente de la persona en todas las circunstancias. La misma verdad exige
de los cristianos una implicación positiva en todas las realidades de
la vida social, para trabajar en ellas junto con todos los hombres que buscan
sinceramente un mundo más humano, y para aportar en ellas con sencillez
y valentía la novedad de Cristo, esto es, el reconocimiento de la
dignidad y el valor sagrados de la persona humana.
IV
Una comunión que invita a todos a la amistad
14. Os anunciamos a Jesucristo "para que también vosotros estéis
en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el
Padre y con su Hijo Jesucristo"31. Al anunciaros a Jesucristo, os invitamos
a una comunión nueva con nosotros. En primer lugar os lo anunciamos a
los creyentes, hijos de la Iglesia. Creer en Jesucristo es, ante todo, acceder
a esa vida nueva de la que ya hemos hablado, que puede ser descrita como vida
en comunión. Decir comunión es decir don, regalo. La comunión
es ese modo de vida en el que uno no busca ante todo su propio interés,
sino el bien de los demás. La comunión es el modo de vida de Dios,
Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el que nos han introducido el amor del
Padre, la gracia de Jesuristo y el don de su Espíritu. Nosotros somos
testigos de Jesucristo porque somos testigos de esa vida nueva, que sólo
nace de Dios, que es comunión con Dios, y que, precisamente porque es
comunión con Dios, y participación por gracia en la vida misma
de Dios, permite amar a todos los hombres y a todas las cosas como Dios los
ama.
La comunión con Dios que nos ha sido regalada en Jesucristo abre el corazón
al horizonte del mundo. En realidad, nuestra experiencia de lo que Dios ha hecho
en nosotros nos lleva a desear apasionadamente y a trabajar porque la forma de
vida de todos los hombres y de todos los pueblos sea la amistad, por encima de
las barreras y de las divisiones que por el pecado tendemos siempre a crear entre
nosostros, de mil formas y con mil razones. Esa amistad es una realidad posible.
Es una amistad que se abre y se extiende continuamente, que reconoce la verdad
y el bien de que es portadora toda persona y toda cultura, que aprecia la razón
y la libertad de todos, que facilita la búsqueda libre y honesta del bien
común, y la cooperación de
todos a ese bien. Esa amistad es posible,
lo sabemos, si todos nos acercamos al Dios
de la misericordia, amigo
de los hombres.
15. Por eso también deseamos, y pedimos al Señor, que nuestro anuncio
pueda llegar a quienes, por una razón o por otra, han perdido la fe, o
se han alejado de la vida de la Iglesia. Muchos de vosotros decís creer
en Dios, o valoráis el mensaje y la persona de Jesucristo como algo sublime,
pero no estáis en la comunión de la Iglesia. "No creemos en
la Iglesia", decís. Tal vez porque nosotros mismos parecemos a veces
dar más importancia a sus aspectos más exteriores, a costa del
misterio del que la Iglesia es portadora: la compañía y el amor
de Dios al hombre concreto, a cada hombre, en el camino de la vida. O tal vez
porque la falta de fe, de esperanza, o de misericordia y de amor de quienes nos
decimos cristianos os ha escandalizado. ¡Cuántas veces nuestra vida
oculta el rostro de Cristo, en lugar de revelarlo! ¡Cuántas veces
lo niega, en lugar de proclamarlo! Y, sin embargo, a pesar de todas nuestras
debilidades, y a pesar de nuestra falta de comunión, Cristo está en
medio de nosotros, en su Palabra y en los sacramentos, y no deja de suscitar
en la Iglesia personas en las que resplandece la presencia de Dios, y su amor
por los hombres. En esas personas está la
esperanza del mundo.
Quisiéramos también que nuestro pregón llegase a los no
cristianos, a quienes no conocen a Cristo. Con un respeto grande por vuestras
respectivas tradiciones religiosas, queremos deciros que no somos enemigos vuestros,
sino hermanos y amigos. Que Dios, tal y como nosotros le hemos conocido en Jesucristo,
es compasivo y misericordioso. Más aún, Dios es el Amor mismo,
y en eso muestra su infinita grandeza y su trascendencia sobre el mundo. "Dios
es Amor, y todo el que permanece en el amor, permanece en dios y Dios en él"32.
Por eso, porque Dios es Amor, "todo el que ama ha nacido de Dios y conoce
a Dios"33. Nuestra ley, por eso, tiene como núcleo el amor, a todos
y a todo. El Espíritu de Dios, que ha sido derramado en nuestro corazones
por la fe en Jesucristo, es quien nos hace posible vivir esa ley, esto es, vivir
como "hijos de Dios"34. Y aunque muchas veces nuestra vida no corresponde
a ese don que nos ha sido hecho, sabemos con certeza que un mundo verdaderamente
humano sólo puede construirse
sobre el amor entre los hombres,
que nace del reconocimiento de Dios,
de
la fe y la esperanza en Dios, y de
los caminos
de misericordia de Dios con los hombres.
Un mundo verdaderamente humano lo
construyen sobre todo los hombres
de Dios.
Pero también nuestro testimonio se dirige a quienes no creen en Dios.
Comprendemos vuestras razones, en las que nosotros mismos, los pastores de la
Iglesia, y los que nos decimos cristianos, no estamos exentos de una grave responsabilidad.
Sobre todo, cuando hemos comprendido la fe como si fuera una ideología,
o cuando la hemos puesto al servicio del poder o de intereses humanos. Pero,
asumiendo esa responsabilidad, queremos deciros que Dios no es en absoluto enemigo
del progreso humano auténtico, ni de la razón ni de la libertad,
sino todo lo contrario: Dios es la fuente misma de una humanidad justa y verdadera.
Y la historia dolorosa de nuestro siglo lo pone claramente de manifiesto. Pues
cuando se ha tratado de construir sistemáticamente una sociedad sin Dios,
aun en nombre de ideales justos, el intento se ha vuelto siempre trágicamente
contra el hombre, y se ha sembrado la historia de injusticias y de violencias
sin cuento. Y es que sólo Dios "es el fundamento verdadero de una ética
absolutamente vinculante"35, sin la cual palabras grandes como "justicia" o "solidaridad" se
convierten fácilmente en palabras vacías.
16. El Gran Jubileo del año 2.000 es para todos, cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes, una gran ocasión de gracia. Para los cristianos, y ahora nos dirigimos específicamente a vosotros, fieles cristianos de Andalucía, pueblo cristiano de Andalucía, heredero de una tradición tan rica de mártires y de santos, el Jubileo es la ocasión de una nueva conversión a Jesucristo. Es Dios mismo quien nos llama a ello en este tiempo de gracia. En la tradición de los jubileos compostelanos, se llamaba al Año Santo "el año de la gran perdonanza". Dios quiere, en este tiempo de gracia, "enseñarnos" de nuevo "sus caminos, y que caminemos pos sus senderos", para que "se transformen las espadas en arados, y las lanzas, en podaderas"36. La converión a Dios, tal y como Dios se nos ha revelado en Jesucristo y se nos ha transmitido en la fe de la Iglesia, en su tradición y en su magisterio vivos, es sin duda el bien más grande que los cristianos podemos hacer a los hombres y a la sociedad. Y es un bien que el mundo de hoy reclama de nosotros, y que tiene derecho a pedirnos. Por ello, el Jubileo es para nosotros la ocasión un nuevo descubrimiento del tesoro de la fe y de la vida cristianas, en toda su belleza y su verdad, para que pueda reflejarse y comunicarse en nosotros con más transparencia el rostro de Cristo, el Redentor del hombre. Y por ello también, el Jubileo es para todos nosotros, pastores y fieles, la ocasión de una gran misión, de retomar el testimonio y el anuncio de Jesucristo como la tarea de la vida, de modo que el mundo pueda volver a encontrar, en esta encrucijada de la historia, caminos de humanidad y de esperanza.
17. En cuanto a los no creyentes, os pedimos con humildad y respeto, más aún, con afecto, porque somos compañeros en el drama de la historia, que consideréis seriamente como una posibilidad para vuestra vida la hipótesis de la fe. Si la fe no os parece cierta, conceded que tampoco lo es la increencia. Y si no os sentís del todo confortables con vuestra increencia, comenzad a buscar. Buscad la verdad. Buscad los signos de ella, en vuestro corazón, entre los hombres, y en toda la realidad. Deseadla, que Dios no deja de escuchar ese deseo, y nunca abandona a quienes le buscan con sencillez de corazón. La filósofa Edith Stein, recientemente canonizada por Juan Pablo II, consideraba el anhelo de la verdad como una forma singular de oración37. Y refiriendose a la muerte de su maestro, el filósofo Edmund Husserl: "He estado siempre muy lejos de pensar que la misericordia de Dios se redujese a las fronteras de la Iglesia visible. Dios es la verdad. Quien busca la verdad busca a Dios, sea de ello consciente o no"38. Así pues, no neguéis de antemano esa posibilidad que atisba la razón e intuye el corazón al término de cualquier búsqueda auténticamente humana, ya que, como ha escrito un poeta contemporáneo, "todas las cosas llevan escrito: ´más alláª"39.
V
Llamada a los jóvenes.
18. Nuestro testimonio y nuestro
anuncio, se dirigen de un
modo especial a
los jóvenes. Vosotros vais a configurar el mundo en los primeros pasos del
próximo milenio. Vosotros tenéis en el corazón un gran ideal,
un irreprimible anhelo: que la vida sea algo grande y bueno, que no defraude.
Deseáis que vuestra persona, vuestra vida y vuestras inquietudes sean
tomadas en serio, sean queridas por sí mismas, y no sólo por lo
que podéis ganar, producir, o consumir. Deseáis que el mundo sea
un lugar amable donde los hombres seamos amigos, y nos ayudemos unos a otros
a recorrer el camino de la vida. Deseáis que crecer no sea sinónimo
de hacerse escéptico y de tener que matar o censurar los anhelos más
nobles del corazón. Todos esos deseos configuran la existencia humana,
son su señal más característica. Por eso la infancia y la
juventud no deberían acabar nunca, deberían permanecer siempre.
Pero acaban. Y no porque pasen los años, ya que todos conocemos personas
con muchos años en quienes la esperanza está intacta, sino porque
el mundo que hemos hecho los hombres, la cultura que hemos construído
entre todos, muchas veces no os hace fácil
mantener vuestro ideal.
Con demasiada frecuencia,
el mundo en que vivimos,
que os
da tanta
información
sobre tantas cosas, que os
ofrece tantos sucedáneos
baratos de la felicidad y
de la libertad, deja sin
respuesta las preguntas más
importantes y urgentes. No
os ayuda a reconocer el significado
de la vida, ni os acompaña
a entrar en la vida adulta,
que consiste en afrontar
la realidad de un modo que
no destruya
la esperanza. No os facilita
el reconocimiento de vuestra
dignidad como personas y
de vuestra vocación.
Os deja solos, porque no
le interesáis vosotros,
ni vuestra esperanza, ni
vuestra alegría. A
veces, el desinterés
se da hasta en la misma familia,
ese lugar que Dios ha creado
para que el hombre pudiera
experimentar lo que vale
ser querido por uno mismo,
y así adquirir
la clave más decisiva
para orientarse en la vida,
y para reconocer a Dios.
Por eso tantos de vosotros,
a pesar de vuestros pocos
años, vivís
ya en la tristeza y en la
desesperanza, o tratáis
de buscar un alivio a vuestra
inquietud en el alcohol o
en la droga, o en el sexo
irresponsable,
o en la violencia, que os
terminan destruyendo. Algunos
de los graves problemas sociales
que hemos señalado
más arriba os dificultan
aún
más el poder acometer
con gusto la tarea de vivir:
la inestabilidad de la familia,
sobre todo, pero también
la falta de perspectivas
de futuro, y la falta de
trabajo.
19. A pesar de todas
estas
dificultades, o precisamente
por ellas, os
queremos decir que
la vida no tiene
por qué consistir
en engañarse a uno
mismo; que hay una alegría
que no nace de evadirse de
la realidad, y una esperanza
que no es ilusión,
y un amor que no es interés
disfrazado. Que hay una verdad
como una roca, sobre la que
puede construirse una casa —la
vida—, sin que los
vendavales, las tormentas
o las lluvias que inevitablemente
azotan la casa con el tiempo
terminen
por echarla abajo40.
Esa roca es Jesucristo. Él es "el Camino, la Verdad y la Vida"41. Él
os ama a cada uno, como
sois, sin condiciones ni límites. El ha venido
por cada uno de vosotros, "para
que tengáis vida,
y vida abundante"42. Él
hace que todo tenga sentido,
y que las cosas puedan
situarse en la vida en
su lugar adecuado. Hasta
el mal y el pecado, y la
muerte, que ya no son,
gracias
a Él, el destino
inevitable de la vida humana.
En Él se ha revelado
el amor infinito de Dios
por el hombre, por cada
uno de los hombres, por
cada uno de vosotros. En Él
se ha revelado la dignidad
de nuestra vida, nuestro
verdadero destino, y se
nos hace posible realizar
ya aquí en la tierra
la verdad de nuestra vocación:
vocación a la verdad,
al bien y a la belleza;
vocación a la amistad
y al amor que no pasan.
Gracias a Él,
es posible vivir con una
razón adecuada a
la realidad, a pesar de
la fatiga y el esfuerzo
que la vida lleva consigo.
Y es posible estudiar y
trabajar con
gusto, y luchar con ahínco
por un mundo que corresponda
más a la
verdad del hombre. Gracias
e Él, la vida entera
se convierte en una misión.
20. Queridos jóvenes,
haciendonos eco de las
palabras que ese gran amigo
vuestro que es Juan Pablo
II dijo en la Eucaristía
inaugural de su pontificado,
y os ha repetido después
tantas veces, nosotros
os decimos hoy: ¡No
temáis¡ ¡No
tengáis miedo a
Cristo! Al contrario, ¡abridle
vuestra vida, vuestra mente,
vuestro corazón,
vuestros ámbitos
de estudio o de trabajo,
vuestras alegrías
y vuestros sufrimientos,
vuestras relaciones y vuestros
amigos, para que podáis
experimentar el gusto por
la vida que tienen los
que son de Cristo! Es posible
que el cristianismo os
parezca a muchos una cosa
aburrida y triste, o un
conjunto de ritos incomprensibles
o
de normas extrañas
y curiosas que vienen a
hacer la vida más
difícil
de lo que ya es en sí.
Os podemos asegurar que
no es así, que esa
imagen es una deformación
terrible del cristianismo.
Tal vez los cristianos
hemos dado esa impresión
en ciertos momentos de
la historia, o todavía
la damos a veces hoy, pero
entonces lo que veis no
es el cristianismo, sino
unos pobres sustitutivos
moralistas o formalistas
de la fe. Casi una señal
cierta de una fe raquítica,
débil. Quienes hemos
tenido la gracia inmensa
de conocer a muchos cristianos
verdaderos, os podemos
asegurar que Jesucristo
es una fuente inagotable
de gusto de vivir, de amistad
y de alegría. Cuanto
más unido está uno
a Cristo, cuanto más
vive uno de Cristo y para
Cristo, más grande
es el amor por la vida,
la gratitud por ella y
por todas las cosas buenas
que hay en ella, y más
indestructibles el gozo
y la esperanza.
Por eso, porque deseamos
vuestra esperanza y vuestra
alegría, y porque "nosotros
hemos visto con nuestros ojos, y hemos tocado con nuestras manos el Verbo de
la Vida"43, os invitamos a abrir vuestras vidas a Cristo. Y si nos preguntáis
que dónde es posible encontrar a Cristo vivo hoy, como una ayuda concreta
para la vida, que no sea una ilusión o una fantasía, una abstracción
en forma de reglas y normas, o un mero recuerdo de alguien que vivió hace
dos mil años, os aseguramos
que Cristo puede ser encontrado hoy
en su Cuerpo, que es la Iglesia.
Sí, esta Iglesia concreta, cuya cabeza es el Papa Juan Pablo II, y de
la que nosotros somos
pastores junto con él, es hoy el Cuerpo de Cristo.
Como su humanidad, su "cuerpo",
hacía visible "el
Verbo de la Vida" durante
su ministerio terreno,
hace dos mil años,
así la
Iglesia lo hace visible
hoy para los hombres
de todas las razas y
de todos los pueblos.
Purificado por los sacramentos
del bautismo y la penitencia,
alimentado
con la Eucaristía,
vivificado por el Espíritu
Santo de Dios, ese pueblo
que es la Iglesia, a
pesar de todas sus debilidades,
es portador de Cristo,
hace presente a Cristo
a lo largo de la historia.
En ese pueblo están,
indefectiblemente, su
palabra y sus sacramentos:
es decir, está su
gracia, su fuerza redentora.
En él se da también
esa inefable comunión
y ese amor que cambian
la vida de quien sigue
la vida de la Iglesia
con sencillez. Y por
eso, en él no
dejan de florecer innumerables
hombres y mujeres que
ponen de manifiesto de
mil modos, en mil circunstancias
diversas, cómo
Jesucristo hace posible
al hombre vivir plenamente
la verdad de su vocación. "Yo
estoy con vosotros todos
los días, hasta
el fin del mundo"44, ésa
fue la promesa del Señor.
Y nosotros somos testigos
de que esa
promesa se cumple.
21."Venid
y veréis",
les dijo Jesús
a Juan y Andrés,
los primeros que se acercaron
a él por indicación
de Juan el Bautista45.
Ellos también
buscaban, acaso sin saber
muy bien lo que buscaban.
Buscaban su felicidad,
buscaban a Dios. Oyeron
al Bautista hablar de
Jesús, y llamarle "el
Cordero de Dios".
Y se fueron tras él. "Maestro, ¿dónde
moras?", le preguntaron. "Venid
y veréis",
respondió Jesús.
Muchos años después,
el Evangelista S. Juan
se acordaba todavía
de la hora de aquel encuentro
decisivo, el más
decisivo de su vida,
y el más decisivo
para la historia del
mundo. "Fueron,
vieron dónde
vivía, y se quedaron
con él aquel día.
Eran como las cuatro
de la tarde". Al
día siguiente,
les contaban a sus amigos
que habían
encontrado al Mesías.
Lo mismo os decimos
a vosotros, queridos
jóvenes. "Venid y veréis".
Acercaos, probad seriamente a vivir la vida de la Iglesia. En el fondo es muy
sencillo. Los signos de la redención están muy cerca de vosotros.
Abrid los ojos, estad atentos a las personas de fe viva y verdadera que haya
en vuestro entorno. El Espíritu Santo no deja de renovar las comunidades
de la Iglesia y de suscitar en su seno nuevos carismas, formas y estilos de vivir
la misma fe. No temáis uniros a aquellos lugares donde el espectáculo
de la fe vivida os provoque una claridad, un gusto y una alegria mayores, según
vuestras circunstancias, vuestra historia y vuestro temperamento personal. Así podréis
experimentar cómo Cristo cambia la vida y la llena de gozo. Como para
Juan y Andrés, y como para tántos otros después, hasta nosotros,
el encuentro con Cristo es a la vez lo más grande y lo más natural.
Lo más decisivo y lo más inesperado. Y a la vez lo más sencillo,
lo más humano.
VI Súplica y esperanza.
22. En esta hora de
la historia del
mundo tenemos
una gran
esperanza, porque
el amor de Dios
al hombre ha
vencido ya en Cristo
al pecado y a la
muerte, y esta victoria se
hace patente en
el cambio
humano
de todos
aquellos que acogen
mediante
la fe la
salvación de Cristo. La desorientación cultural
y moral que tantas veces domina nuestro tiempo, así como los signos de
muerte que en él se manifiestan,
no pueden oscurecer esta certeza
que la Iglesia presenta hoy al mundo.
El gozo de conocer
a Cristo, la conciencia
de las necesidades
de
los hombres
y el propio mandato
del Señor, nos apremian a la misión en este
umbral del año 2.000. Y el apremio que sentimos como pastores, deseamos
comunicarlo a todos los miembros del pueblo de Dios. La misión consiste
en proponer en todos los ámbitos
de nuestra sociedad la experiencia
de humanidad nueva que nosotros vivimos
ya en la Iglesia.
Vivamos nuestra
fe al aire libre,
ofreciéndola con humildad a todos, conscientes
de que a través de nuestra humanidad, con toda su debilidad y su pobreza,
es Dios quien se acerca a los hombres para saciar su sed y curar sus heridas.
A Él nos dirigimos en esta hora, suplicándole que haga brillar
su amor hacia todos los hombres a través de la fe de su Iglesia y del ímpetu
de su caridad. No ignoramos la profundidad de los desafíos que se presentan
a nuestra sociedad en los umbrales del siglo XXI, ni la confusión que
extravía tantas conciencias, ni la malicia y el poder de algunas fuerzas
que actúan
en el mundo. Y,
sin embargo, sabemos
que en la fe vivida
por los cristianos
se encuentra,
hoy como ayer,
la prenda de la
esperanza de los
hombres.
23. Queremos concluir
este mensaje
con la mirada puesta
en la Virgen
María,
la Madre del Redentor, a través de cuya acogida y fidelidad se ha comunicado
en la historia la plenitud del don de Dios. En ella encontramos la clave de la
verdadera sabuduría humana, la que reconoce al Dios de la vida y no se
resiste a su abrazo. En ella reconocemos la verdadera libertad que engrandece
al hombre, porque diciendo sí a la iniciativa de Dios, comprueba las maravillas
que Él hace en su vida. En ella descubrimos el amor maternal, cuya fidelidad
acepta la prueba de la oscuridad y el sufrimiento. Bien sabemos cuantos la invocamos
en Andalucía con tantas y tan hermosas advocaciones, que también
nosotros fuimos confiados por el Señor
a su maternal cuidado, al pie de
la cruz.
A tí, Madre del Salvador nos dirigimos, pidiéndote que hagas crecer
nuestra fe, esperanza y caridad, para que al contemplarlas los hombres comprendan
cúal es el gozo y la plenitud que tu Hijo ha traido para todos los hombres.
Acuérdate de los enfermos, de los pobres y los marginados, de los que
se hunden en el aburrimiento, la desesperanza y la falta de sentido, de los que
han sido seducidos por la droga o por la violencia. Que todos ellos puedan encontrar
la salvación de tu Hijo a través
del abrazo de su Iglesia.
1 de noviembre
de 1998, solemnidad
de todos
los santos.
+ Carlos Amigo
Vallejo,
Arzobispo de Sevilla.
+ Antonio
Cañizares
LLovera,
Arzobispo
de Granada.
+ Antonio
Dorado Soto,
Obispo
de Málaga
y Melilla.
+ Rafael
Bellido Caro,
Obispo
de Jerez.
+ Ignacio
Noguer Carmona,
Obispo
de Huelva.
+ Santiago
García Aracil, Obispo de Jaén.
+ Rosendo
Alvarez Gastón, Obispo de Almería.
+ Francisco
Javier Martínez Fernández, Obispo de Córdoba.
+ Antonio
Ceballos
Atienza,
Obispo
de Cádiz
y Ceuta.
+ Juan García-Santacruz y
Ortiz, Obispo de Guadix-Baza.
1 Jn 1, 18.
2 Jn 1, 18.
3 Jn 1, 14.
4 Cf. Ct
8, 6.
5 1 Jn 4,
8; 4, 16.
6 S. Efrén de Nisibe, Sermo de Domino Nostro, 48.
7 Cf. 1 Cor
12, 12-30;
Ef 1,
23; Col 1,
18. 24.
8 Rm 8, 21.
9 Cf. Hch
4, 12.
10 Juan Pablo
II, Encíclica Redemptor hominis, 1.
11 Col 1,
17.
12 Jn 14,
6.
13 Apo 21,
6.
14 Apo 7,
9.
15 Cf. Rm
5,5.
16 Mc 16,
15; cf. Mt
28,
18-20.
17 Misal
romano, Prefacio
III
de Navidad.
18 Tit 3,
4.
19 1 Jn 1,
2.
20 Jn 11,
25; 14, 6.
21 Jn 3,
15; 5, 24;
6, 40.47;
10,
28;
17, 2.
22 Gn 1,
26-27.
23 Rm 8,
28-30; Ef
1, 4-6.
24 Jn 17,
3.
25 Cf. Juan
Pablo II, "Discurso a los Obispos de las provincias eclesiásticas
de Granada, Sevilla y Valencia, del
7 de julio de 1998, n. 7, en Ecclesia, n. 2902 (18.7.1998), 24.
26 Cf. en este sentido, el importante
documento del
Pontificio Consejo "Justicia
y Paz" titulado Para una mejor distribución
de la tierra. El reto de la reforma
agraria, del 23 de noviembre de 1997.
27 Juan Pablo
II, Encíclica Centesimus annus, n. 49. Todo este número
es fundamental para
comprender
la trascendencia
social del
principio
de subsidiariedad.
28 Juan Pablo
II, Encíclica
Centesimus annus, n. 49.
29 Juan Pablo
II, Encíclica Redemptor hominis, 14; Encíclica
Centesimus annus, 54.
30 Juan Pablo
II, Encíclica
Centesimus annus, 5.
31 1 Jn 1,3.
32 1 Jn 4,16.
33 1 Jn 4,
7.
34 Rm 8, 14-27;
Ga 5, 16-26.
35 Juan Pablo
II, Encíclica Sollicitudo rei socialis, 38. Cf. también
Encíclica Centesimus annus, 46: "Si no existe una verdad última,
la cual guía y orienta la acción política, entonces las
ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente
para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en
un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia".
36 Cf. Is
2,3-4.
37 Cf. M.
Teresa Renata
del
Espíritu Santo (Posselt), Edith Stein,
una gran mujer de nuestro siglo, Ed. Monte Carmelo, Burgos, 1.998, 98.
38 Edith Stein, "Carta 249, a Sor A. Jaegerschmid, del 23 de marzo de 1938",
enAutorretrato epistolar (1916-1942),
Ed. de Espiritualidad, 1996, 297.
39 Eugenio
Montala, "La agave en el escollo", en Huesos de sepia, Alberto
Corazón, ed., Madrid,
1975, 105
40 Cf. Mt
7, 24-27.
41 Jn 14,
6.
42 Jn 10,
10.
43 Cf. 1
Jn 1, 3.
44 Mt 28,20.
45 Cf. Jn
1, 35-39.